sábado, 28 de enero de 2017

El primer encuentro

El primer encuentro

Esta historia comienza cuando encontré una muñeca de porcelana en la casa de mi difunta abuela, en unos de los armarios de su habitación. La muñeca tenía el pelo marrón como el café, sus ojos era de un color rojizo y llevaba un vestido negro con pliegues blancos y un sombrero a juego.

Cuando la toqué noté un escalofrió que recorrió toda mi espalda, pero no me importo. Me gustó la muñeca y me la pensaba quedar, así que la llevé al salón donde se encontraban mi madre, mi tío David y mi hermano mayor, Lian, empaquetando las cosas porque la casa iba a ser vendida pronto. 


- Mamá ¿Puedo quedarme con esta muñeca, por favor? - Pregunté con entusiasmo y alegría. 

- ¿De dónde la has sacado? - Me preguntó mi mamá con curiosidad.

- Del armario que hay en la habitación de la abuela pero, ¿me la puedo quedar? ¿Sí o no? 

 Sí cariño, te la puedes quedar. - Me dijo mi madre con una pequeña sonrisa esbozada en su rostro. 

¡Gracias mamá! ¡Eres la mejor!

 De nada, bueno coge tus cosas que nos tenemos que ir. 

 Sí, ya voy.

Me dirigí hacía la habitación en la que yo dormía cuando solía quedarme a dormir en casa de mi abuela. Era una habitación pequeña; a la derecha había un armario empotrado, era de madera, viejo y de un tono similar al marrón oscuro, al lado había una silla donde se sentaba mi abuela cuando me leía el cuento de buenas noches, a la izquierda estaba la cama con las sábanas de un color azul marino que hacía juego con las almohadas, en la pared, sobre la cama, había un cuadro con una foto de mi abuela de cuando era pequeña, sentada en una silla. Ella tenía una sonrisa brillante, mi bisabuela se encontraba detrás, con una sonrisa algo más seria y formal.

- Ah... -Suspiré pensando en que todo seguía igual.

Cogí el abrigo poniéndomelo para después ponerme el bolso. Sujeté otra vez la muñeca que, posteriormente, dejé en la cama para ponerme las cosas y nuevamente sentí ese escalofrío en mi espalda.

- Vamos cariño, que tenemos que irnos.

- Sí,  mamá. 

Dejé esos pensamientos de lado y me dirigí hacía la entrada. Vi a mi hermano ya aguantando la puerta del ascensor, a mi tío esperándome en el pasillo y a mi madre aguantando la puerta para que no se cerrara de un golpe por la corriente de viento que había. Caminé en dirección al ascensor y, cuando pasé junto a  mi hermano, me acarició la cabeza.


- Enana. - Me dijo con una sonrisa burlona, aunque se le notaba la tristeza en sus ojos.

- Molesto. - Dije inflando mis mejillas simulando estar enfadada.

- Jeje – Rio él a carcajadas. 

Pasé adentro y mi mamá, que me seguía por detrás, pulsó el botón de la planta baja, para ir a la puerta de la calle. Mientras bajábamos nadie dijo nada, todo el mundo estaba serio además de tristes e inmersos en sus pensamientos. Y así se mantuvo el ambiente hasta llegar al coche.

- Yo delante. - dijo mi hermano.

- ¡¿Qué?!¡Yo quería ir delante! -Dije quejándome a la vez que miraba a madre.

- No Lian. Ya sabes que le toca a tu hermana, la última vez te pusiste tú.

- ¡Ja, gané! - Dije yo poniendo una pose triunfal.

Subimos al coche. Mamá puso la radio, pero nadie decía nada así que me daba vergüenza. El ambiente era más frío y triste de lo normal, así que tampoco era el momento adecuado para cantar en voz alta.

Una vez en casa, dejé el abrigo y el bolso en el colgador de la entrada. Fui directamente a mi habitación, dejé la muñeca al fondo de mi escritorio, me senté en la cama y cogí el móvil. No había podido mirarlo hasta aquel momento, por lo que tenía dos cientos mensajes. La verdad es que no quería leerlos todos ya que estaba exhausta, aunque pareciera lo contrario. Seguramente sería a causa de la pérdida de mi abuela. La mayoría de los mensajes serían sobre ello, preguntas tipo  “¿hay deberes para mañana?” o también “alguien me dice las respuestas del examen de matemáticas” y similares. Ya que no hice público de mi abuela para no interferir en los estudios y mi vida personal o así lo quería mi madre.

Dejé de pensar en ello. Fui al comedor donde encontré a mi madre y a mi hermano viendo la televisión.


- Mamá, hermano, no quiero cenar. Me siento muy cansada y no tengo hambre. -Les dije con cara de pena.  

-Está bien, mi sol, sólo si me prometes que desayunarás mucho mañana por la mañana.

- Vale mamá, te lo prometo. -Dije yo mirando a mi madre a los ojos, los cuales pude notar que estaban llenos de tristeza y carentes de brillo.

Me dirigí hacía mi habitación cerrando la puerta para cambiarme y ponerme mi pijama de conejitos, luego abrí la puerta y apagué la luz. Me acosté en la cama mirando hacia la pared  y, como de costumbre, me costaba mucho dormir aunque estaba muy cansada. Noté que aquella noche era más oscura y silenciosa de lo normal, ya que era temprano. Los vecinos deberían estar discutiendo, pero aquella noche no. Todo estaba en un completo silencio. De un momento a otro me giré y miré en dirección a mi escritorio, en el cual se encontraba la muñeca, porque oí un ruido extraño. Vi que la muñeca se había movido y sonreía de manera siniestra.

- ¿Quieres vivir? – Me preguntó manteniendo aquella expresión sombría.

Me desperté sobresaltada. Había sido una pesadilla. Miré el reloj y eran las ocho de la mañana. Genial, llegaba tarde al instituto. 


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